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Nacimiento de Olympia 8 octubre 2022

Llevaba días con ganas de compartir mi experiencia de parto en el agua. No como una hazaña, sino como un mensaje para otras mujeres: disfrutar del parto es posible!

Vengo del deporte de alto rendimiento. Durante muchos años entrené mi cuerpo… y mi mente. Cuando me quedé embarazada por primera vez, entendí que el parto sería, quizá, el mayor reto físico y emocional de mi vida. Y decidí prepararme para él con el mismo respeto, consciencia y compromiso que para una competición importante.

Junto a mi marido, mi compañero de vida y de equipo, entendimos algo clave: el cuerpo femenino sabe parir, pero necesita sentirse seguro, acompañado y confiado. Tras un embarazo muy activo y saludable, llegué a la semana 40. En la segunda cita de monitores apareció la palabra “inducción”… y con ella, el miedo 😩.

Fue el momento de parar, informarnos y volver a confiar. Profundicé en la fisiología del parto, en la importancia de la respiración, del entorno, del enfoque mental. Cambié mi foco: dejé de escuchar relatos negativos y empecé a leer historias de partos positivos y respetados. Algo se recolocó dentro de mí. Dejé de “esperar a ver qué pasaba” y empecé a desear vivir el parto, a imaginarlo como un encuentro, como un viaje hacia nuestra bebé 🙏.

El 7 de octubre por la tarde nos fuimos a casa de los abuelos con una misión muy clara: activar la oxitocina, la hormona del amor. ¿Cómo? Movimiento, risas, subir y bajar 20 pisos, reírme hasta llorar… y hasta mearme de risa, literalmente 😅.
Esa noche, a las 12:15, me acosté convencida de que algo especial estaba a punto de suceder. Diez minutos después comenzaron las primeras olas.

Al principio intenté dormir, sin darles demasiada importancia, pero eran regulares, cada 2–3 minutos. Empecé a anotarlas en la app y avisé a mi marido, que se estaba afeitando “por si el día 8 conocía a su bebé y quería estar suave” ♥️.
Preparamos la habitación tal y como habíamos imaginado: luces cálidas, música, velas. Crear un ambiente de calma no fue un detalle: fue parte del proceso.

Las olas eran intensas, pero no dolorosas. La respiración, el movimiento en la fitball y la electroestimulación TENS me ayudaban muchísimo. Tras una hora y media decidimos ir al hospital (estábamos a 30 minutos). Llegué tranquila, muy concentrada, sin sensación de sufrimiento. Solo un dolor similar al de la regla, totalmente manejable.

Me exploraron: 3 cm, cuello borrado. Todo iba bien. La bebé dormía… normal después de la tarde tan activa que le habíamos regalado 🤣. Me preguntaron por mi idea de parto y lo tuve claro, quería probar la bañera y comenzar con recursos propios para la gestión del dolor. Y tuvimos suerte: la única bañera del hospital PTS de Granada estaba libre.

Cuando rompí la bolsa empezaron a preparar el agua. Dejé la TENS y entré en la bañera a las 3:00 de la madrugada.
La sensación fue indescriptible. Placer. Descanso. Seguridad.


Con cada ola me movía, me colocaba en cuclillas o en cuadrupedia, cerraba los ojos y respiraba. En cada pausa me tumbaba, me relajaba profundamente, como si estuviera en un SPA. Aprovechaba cada descanso. Lo vivía como tantos entrenamientos por intervalos que había hecho sobre mis esquís: intensidad, pausa, entrega… y volver.

Mi marido me masajeaba la zona lumbar. Las luces bajas, la música suave, los covers instrumentales… algunas canciones me hicieron llorar de emoción. Las sensaciones eran profundas, casi difíciles de explicar con palabras.

Y entonces llegó el expulsivo.
Lo que más me sorprendió fue cómo mi cuerpo trabajaba solo. No tenía que empujar conscientemente. Era involuntario, primitivo, poderoso. Como un reflejo imposible de controlar. Me sentía tomada por una fuerza enorme. De mis entrañas salían sonidos profundos, animales, que nunca había escuchado antes. Era intenso… y a la vez fascinante.
No sentí dolor. Sentí poder 💪🏽.

Nunca dudé del plan. Éramos un equipo, como siempre. Lo único que notaba era cada vez más presión en la pelvis. El expulsivo fue largo, sobre todo por el esfuerzo de los gritos; terminé afónica.


El equipo médico fue maravilloso: respetuoso, presente sin invadir, sosteniendo el momento con la mirada, recordándome que escuchara a mi cuerpo, que todo iba bien. Sentí una confianza absoluta.

De pronto, en cuadrupedia, empecé a emitir sonidos distintos. Noté que se movían detrás, con una linterna. La presión aumentaba. Me dijeron que ya veían la cabeza. Yo no podía creerlo.
Un grito más… y a las 5:35 de la mañana todos empezaron a hablar de ella: de sus ojos, de su pelo, de lo bonita que era. Yo estaba paralizada, intentando asimilar lo que estaba ocurriendo.

Hasta que mi marido, llorando, se acercó y me dijo:
Ya está aquí. Me está mirando desde debajo del agua.

Un último empujón. “¿Pero no ha salido ya?” —pregunté.
Solo faltaba el cuerpo.
Un grito más… y entonces sí. Sentí el famoso “aro de fuego”, breve e intenso, apenas un segundo. Las hormonas estaban a pleno rendimiento: la mejor anestesia natural que existe.

Me giré, me senté en el agua y me entregaron a mi pequeña Olympia.
2.850 gramos de puro amor 🥰.
Lo mejor que hemos creado nunca. El día más increíble de mi vida.

En la última fase me precipité un poco, empujada por las ganas inmensas de verla, y tuve un desgarro natural de segundo grado. Aun así, la recuperación fue rápida y muy llevadera.

Hoy, mirando atrás, solo puedo decir una cosa a las mujeres que estáis esperando un bebé:
no tengáis miedo. Confiad. El cuerpo sabe. Está preparado.
Escuchad vuestro instinto, cread un entorno que os sostenga y dejad espacio a la fuerza ancestral que habita en vosotras.

Porque dentro de cada mujer hay una sabiduría profunda…
y una diosa dispuesta a parir 🔥

Victoria Padial

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